
Sucedió en San Bernardo, Partido de la Costa, allá por el verano de 1995. En uno de esos polirrubros costeros tan amenos y entrañables (heladería, kiosco, sitio en donde tomar una cerveza a bajo costo), varios grupos de diferentes usos y costumbres pasaban sus horas frente al televisor. Solían hacerlo todas las noches, en algunos casos antes de partir hacia otro lugar y en otros como modus operandis de una vida cuasi vegetativa (y económica al fin). En síntesis: el lugar servía casi exclusivamente para emborracharse. Y luego de la borrachera, los caminos se abrían hacia infinitas posibilidades.
Esa noche estaban todos. Los hippies, los punks, los stones, los muchachitos comunes y corrientes, los incalificables... Era la hora de la coincidencia territorial, algo así como las 2 AM. Y las miradas estaban puestas, todas, en ese aparato de 20 pulgadas. Era habitual que alguien se parara, avivado por el alcohol, a hacerle cosas a la pantalla, como meterle el dedo en el culo a alguna bailarina o tocarle el miembro a algún conductor.
Lo cierto es que ese día estaban reproduciendo una entrevista a Mirtha Legrand. Habían transcurrido sólo unos meses desde de la muerte de Daniel Tinayre. Y ella daba una nota contando todo lo que estaba sufriendo. El primer comentario cayó como una bomba y tomó la atención de los parroquianos (siempre quise escribir esa palabra): "Qué lástima que se murió el marido y no ella. Vieja de mierda y la gran puta...". La frase se fue apagando, así como también quien la pronunciara, ya dormido encima de la mesa. Su compañero lo zamarreó y lo que salió de su boca fue directamente una daga, y una visión para mí, un joven de apenas 16 años en aquel entonces. "Es mucho mejor que se muera el marido. Porque si se muere ella, ya fue. Pero se muere el tipo y al menos la ves sufrir a la muy turra". En ese momento sentí algo dentro, como un fuego. Esa era la mejor manera de expresar un odio de todas las que había escuchado. Y yo quería odiar como él.
Conforme fue pasando el tiempo había alguna frase que se repetía a la hora de mostrar desagrado: "A este habría que matarlo". Era la más común. La repetí muchísimas veces, dado mi carácter habitualmente intolerante. Estoy seguro que si hago un poco de memoria saldrán unos cuantos.
Soledad Silveyra: Encabeza mi ranking. Porque, además, muchísimos de mis seres queridos coinciden en la moción. Por ridícula, por choborra, por "mis valientes", por pésima actriz, por el papel urticante que hizo en Campeones.
Gerardo Rosín: El muchacho tiene suerte. De eso no hay dudas. Es lamentable por donde se lo mire. Pajero como pocos, con una cara de pelotudo que se le parte. Es terrible creerte el más pija de la cuadra cuando te mide 5 cm.
Claribel Medina: En homenaje a un amigo que la detesta. Es terrible lo de esa chica. En primer lugar, casarse con Pablo Alarcón. Y luego, por ser otra de las que empina demasiado el codo y hace de llorona hasta en las comedias.
Carlos Polimeni: La versión pseudo intelectual de Rozín. Pero no creo que sea pajero. Me imagino que ni sabe dónde queda el pito.
Jorge Dorio: Hay que ser hijo de puta para hablar en serio de Gran Hermano...
Juan Darthés / Gustavo Guillén: son de cartulina. Y lo peor es que todavía no sé distinguir a uno de otro.
Ana María Picchio: Una Soledad Silveyra que no tuvo tanta suerte.
Susana Fontana: Imposible ver por más de 3 segundos a esa mujer, totalmente cirujeada y asquerosamente lamebotas de Lucho Avilés.
Víctor Laplace: Directamente me sofoca. ¡Sáquenle a Perón del cuerpo!
La lista es extensa. La de arriba sería sólo una muestra gratis. Como siempre, y más en este caso, sus aportes serán bienvenidos.
2 comentarios:
faltó el repelotudo de PATO GALVAN y el mogolico de mierda de MARLEY
No vas a escribir más?
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